miércoles, 4 de febrero de 2009

Ateos de Albacete, uníos. Colectivo Puente de Madera.

Recientemente la Conferencia Episcopal Española ha emitido un comunicado en el que afirma que insinuar que Dios no existe es "una blasfemia y una ofensa a los que creen". ¡Hombre!, ¡tiene gracia la cosa! Ellos pueden sermonearnos, amonestarnos, advertirnos, enviarnos de un plumazo al infierno, saquear las arcas públicas con sus privilegios fiscales y demás derechos de pernada económicos, invadir los centros educativos con sus dogmas y obligar a los alumnos que no aceptan su catequesis a cursar asignaturas innecesarias o perder solemnemente el tiempo, y, para colmo, pueden rompernos los tímpanos todas las Semanas Santas con sus bandas de cornetas y tambores…, que no pasa nada. Pero nosotros, los incrédulos, no podemos ni utilizar unos discretísimos autobusecitos para invitar a la gente a disfrutar la vida sin hacer caso de esa siniestra amenaza llamada pecado, porque enseguida se nos ofende el clero (no incurriremos en el chiste fácil de que ponen el grito en el cielo, o de que últimamente no se encuentran muy católicos). En fin, quizá tengamos que disculpar a estos santos varones. Después de diecisiete siglos de teocracia debe costar digerir esta cosa tan rara y tan moderna de la democracia. De lo de la blasfemia ni hablamos; eso es jerga privada que a nosotros ni nos va ni nos viene.

Y el caso es que los obispos tienen razones para perder los nervios. Ateos y agnósticos niegan o dudan de la existencia de dioses, demonios, espectros, fantasmas y ectoplasmas de cualquier pelaje. Pero, además, ponen en tela de juicio todo el universo moral que acompaña a tales creencias. Los dioses más comunes suelen ser enfadicas, machistas, violentos. Ninguno de los dioses vigentes ríe. Nunca. Nietzsche decía que no podía creer en un dios que no supiese bailar. Pues bien, los dioses castigan, destruyen, condenan, pero nunca ríen ni, por supuesto, bailan. Es terrible: sólo por nacer ya se peca. Los libros sagrados de las religiones monoteístas contienen más violencia que todos los juegos de videoconsola juntos. Y las mujeres siempre salen perdiendo. En consecuencia, ateos y agnósticos desconfían profundamente de los que se proclaman intérpretes o vicarios de cualquier divinidad. La extensión del pensamiento escéptico resulta, por lo tanto, un peligro para los negocios espirituales de las iglesias, pero, sobre todo, para sus componendas terrenales, y la famosa campaña del autobús ha ayudado a que muchos ciudadanos expongan con desenfado su opción por el pensamiento racional frente al pensamiento mágico. Gracias a dichos autobuses, ateos, agnósticos y librepensadores han conseguido una visibilidad que se les había negado durante siglos. Por cierto, el adjetivo "escéptico" viene de un verbo griego que significa buscar. El escéptico duda, no se conforma y busca una verdad que no siempre alcanza. Pero esa búsqueda le perfecciona como ser humano. Y, al respecto, nos hemos enterado de que en Albacete se está comenzando a organizar una especie de plataforma de ateos locales. Evidentemente, nos parece una excelente idea (tan excelente como el pasado trabajo de la asociación Escuela Laica o el presente de Europa Laica). Esperamos que la iniciativa cuaje. Porque una ciudad moderna y próspera como la nuestra necesita gente ilustrada, que no obstaculice la investigación científica; gente racionalista, que consideren que las fuentes del derecho deben ser la razón y el diálogo, y no ninguna supuesta revelación milenaria; gente autónoma, que no se considere predeterminada por ningún plan divino ni acepte el chantaje de los premios y los castigos en el más allá, y que, por lo tanto, obre de forma libre y responsable; gente alegre, que disfrute de la vida sin renunciar a los placeres intelectuales, pero tampoco a los de los sentidos… Desde luego, si la mencionada plataforma decide poner a rodar un piojo verde similar a los que circulan por Barcelona y Madrid, que avisen: seremos los primeros en rascarnos los bolsillos. No cabe duda de que Albacete es una ciudad madura, abierta y tolerante con todos aquellos que, amparados por la Constitución y por la Declaración de Derechos Humanos, expresan públicamente sus creencias o su incredulidad. Además, aunque dicha panda de herejes discuta la existencia de Dios, mientras no dude de la existencia de la Virgen de los Llanos…

Colectivo Puente de Madera
Publicado en La Verdad.

sábado, 31 de enero de 2009

Al César lo que es del César. Jorge Laborda.

Desde hace un tiempo, los ataques de la Iglesia Católica a los avances de laicidad del Estado español han arreciado en todos los ámbitos. Al parecer, la Iglesia Católica cree que un Estado laico debe ser combatido porque induce también a serlo a los ciudadanos. Considero que esta postura es equivocada
El laicismo es una cuestión, en efecto, de estado, pero no de los ciudadanos. Un ciudadano no puede ser laico. Puede ser católico, musulmán, judío o ateo, pero no laico. El Estado laico, precisamente, no obliga a nadie a abandonar sus ideas religiosas, o la ausencia de las mismas, ni a abrazar ninguna. No induce a ningún ciudadano a ser laico, lo cual es imposible. Simplemente, el Estado laico adopta una postura neutral ante las diversas creencias. La laicidad significa que la religión no es asunto del Estado y, por tanto, cualquier convenio o contrato con la Iglesia Católica o con otras religiones no debería tener cabida en el mismo. En este sentido, el Estado Español, en mi opinión, no es todavía laico, lo cual queda además demostrado por la presencia de símbolos y ceremonias de naturaleza religiosa, y en particular católica, en muchos de sus actos oficiales.
La Iglesia Católica no puede ni, por mucho que insista, posee autoridad moral, para imponer su religión al Estado. Ni la Iglesia Católica, ni el resto de religiones, por supuesto. Por otra parte, cualquier Estado verdaderamente democrático debería, por su propia naturaleza democrática, ser laico y defender la laicidad como uno de los pilares de la misma democracia.
La propia Iglesia Católica debería igualmente defender esta postura por su propio interés, ya que si bien no le beneficia directamente, tampoco le perjudica, lo que podría suceder, como ha sucedido o sucede aún en otros países. Que el Estado se mantenga al margen del debate religioso es la mejor garantía de una verdadera libertad religiosa, libertad que disfrutamos con otros asuntos en los que el Estado, afortunadamente, se mantiene al margen. ¿Imagina usted un Estado hincha del Real Madrid o del Barcelona que pusiera en marcha políticas para aumentar los afiliados a su club y penalizara a quienes no fueran también hinchas del mismo? Si esto es impensable para un asunto tan banal como el fútbol, lo es aún más para un asunto tan importante y tan íntimo para cada ciudadano como la religión.
Si en una democracia, como la española, la Iglesia desea aumentar el número de sus fieles, o al menos que estos no disminuyan, debe hacerlo sin atentar contra la laicidad del Estado. Debe, exclusivamente, dedicarse a convencer y a atraer hacia su dogma y doctrinas a los ciudadanos basándose en la palabra de Cristo o de la autoridad religiosa que mejor le parezca.

La Constitución española defiende la libertad de expresión, y por supuesto, esta libertad se extiende a la expresión religiosa. La Iglesia posee los medios necesarios para difundir su palabra y sus ideas y no parece que la difusión de las mismas sea impedida por el Estado español.

Si los ciudadanos españoles encuentran las ideas religiosas convincentes o atractivas, si las encuentran cercanas a la Verdad, seguramente las abrazarán. Si no las abrazan, por mucho que insistan los que en ellas creen, es seguramente porque quizá no sean tan convincentes ni cercanas a la Verdad, ni siquiera a la verdad con minúscula, como sus defensores creen, pero en absoluto porque el Estado esté manipulando a sus ciudadanos para convertirlos en antirreligiosos.

El hecho de que el Estado español haya decidido aumentar las libertades civiles para aquellos que no abrazan los valores y doctrinas de la Iglesia Católica (matrimonio homosexual, aborto, etc.) no supone actuar como anticatólico, sino simplemente como laico y respetuoso de los derechos de quienes no creen en esos valores y doctrinas. El Estado laico y democrático debe respetar todas las creencias y valores mientras se encuentren dentro de la legalidad e impliquen decisiones que afectan solo a la vida de adultos libres y no a la sociedad en su conjunto.

La Iglesia Católica, si de verdad tiene fe en sus valores, debería dedicarse a difundirlos y propagarlos por el valor que poseen en sí mismos, y dejar al Estado al margen de sus problemas, que en mi opinión quizá residen, al menos en parte, en algunas de las ideas que tanto defienden.

Jorge Laborda. Quilo de Ciencia.
Publicado en La Tribuna de Albacete.

sábado, 17 de enero de 2009

Soy ateo. Fernando G. Toledo y Fernando Cuartero.

Probablemente dios no existe, deja de preocuparte y disfruta la vida. Ésta es la publicidad atea que, ciertamente, está haciendo mella en Barcelona, y próximamente en Madrid. Hay quien a esta publicidad la llama «propaganda laicista», e incluso, quizá por estar mal acostumbrado, se permite decir que es anti-Dios, anti-iglesia y anti-moral.

No es cierto, por supuesto, como vamos a ver. Aparte de que probablemente no existe ningún dios, esta campaña es, simplemente, la constatación de un hecho, y desde luego, no es anti nadie, sino la prueba de que ha llegado la hora de que los no creyentes también puedan expresarse. Es simplemente la salida del armario de los ateos, el outing propugnado por el profesor Richards Dawkins, promotor de la campaña.

Además de esta campaña, también estamos viendo como los ensayos contra la religión que aparecen en las librerías se convierten en superventas, Dawkins, Onfray, Hitchens, Stenger están de moda, y también las solicitudes de apostasía continúan su ritmo creciente. El ateísmo está tomando una nueva conciencia, mucho más activa en nuestra sociedad, y los ateos, entendiendo como tales a aquellos que no creemos en la existencia de ningún dios, cada vez nos encontramos más cómodos en esta sociedad, pese a todos los ataques eclesiásticos. Digo este concepto de ateo, pues no hay que olvidar que, de hecho, todo el mundo es ateo para otras religiones, y los cristianos son ateos respecto a Alá, Zeus u Odín.

La presencia de los ateos, hasta ahora los grandes olvidados de nuestra sociedad, es necesaria, pues somos muy numerosos, mucho más de lo que algunos creen y a muchos les gustaría; si bien el gran problema es que, a diferencia de otros grupos religiosos, no estamos organizados, por lo que, le pese a quien le pese, este primer paso es necesario para generar una masa crítica con aquellos que deseamos salir a la luz y así animar a otros a hacer lo mismo, si bien esto no es proselitismo, sino simplemente abandonar nuestro tradicional silencio. Esto podrá traer como consecuencia que se nos tenga en cuenta al mismo nivel que las religiones organizadas, pues, ¿qué debemos hacer con la X en la casilla de la renta los ateos? ¿O cual es la opción escolar para nuestros hijos?

Por tanto, la campaña no es anti-Dios, pues aparte de que probablemente no existe, sólo se plantea una duda, incitadora a la reflexión, pero es que tampoco es anti-Iglesia, ¿en qué?, o al menos no lo es todavía, pues en un futuro habrá que hablar de su financiación a la que, obviamente y espero que se entienda, los ateos no queremos contribuir. Y mucho menos esta campaña es anti-moral. ¿Acaso se tiene una mejor moral por practicar una religión? No sólo no hay pruebas de tal cosa, sino que las hay, y abundantes de lo contrario. Pues por un lado, la religión envenena aquello que toca, como podemos ver en abundantes ejemplos de la historia, o mas actuales, en guerras como Irak, Afganistán, Irlanda del Norte, Bosnia, Sudán, o el conflicto en Cachemira entre India y Pakistán, que quizá podrá devenir en una guerra nuclear por motivos religiosos. O como la interferencia en la enseñanza de la biología, intentando desterrar a la evolución científica en los Estados Unidos, o el ataque a las libertades de la mujer en materia de aborto. Pero ¿es que acaso es necesaria la religión para la moralidad? Parece que muchas personas consideran escandaloso, incluso blasfemo, negar el origen divino de la moralidad. La cantinela de la inmoralidad congénita que padecerían los ateos es ya un lugar común en la crítica proveniente de círculos confesionales, y nada más falso. Si la religión fuera necesaria para la moralidad, habría alguna evidencia de que los ateos son menos morales que los creyentes. Pero es que no sólo no la hay, sino al contrario, pues de acuerdo al Informe de Desarrollo Humano de la ONU de 2005, las sociedades más ateas, de países como Noruega, Islandia, Australia, Canadá, Suecia, Suiza, Bélgica, Japón, Holanda, Dinamarca y el Reino Unido, son las más saludables, según indicadores que destacan la expectativa de vida, alfabetismo, ingresos per cápita, nivel educativo, trato equitativo de los sexos, tasas de homicidios y mortalidad infantil. A la inversa, las 50 naciones actualmente clasificadas por las Naciones Unidas en los puestos más bajos del desarrollo son decididamente muy religiosas.

Pero yendo más al grano, al hablar de religión pensemos con el ejemplo cercano del cristianismo. Así, si fuera cierto que la religión es la fuente de acceso a la moralidad, y dado que no habría, según se dice, bases laicas para ser moral, una sociedad en la que la población sea mayormente religiosa (i. e. cristiana) daría por resultado una armonía social alta. Y si fuera verdad que la creencia en un Dios creador, omnipotente y amoroso permite a cada uno de los creyentes en él preocuparse por la inmortalidad de su alma, tendríamos por resultado que los ateos serían, cuanto menos, quienes llenen las cárceles, que es el lugar donde acaban los inmorales cuando la justicia civil funciona. Pero resulta que nada de eso se corresponde con la realidad, a juzgar por lo que puede considerarse la investigación más rigurosa, amplia y concluyente de las realizadas hasta hoy para conocer la relación entre religiosidad y salud social.

Los estudios precisamente demuestran lo contrario, esto es, no sólo que las personas creyentes no tienen un sistema moral más infalible que el de los que no creen en Dios, sino algo «peor»: que mientras más religiosa es una sociedad, mayores son los índices de disfuncionalidad. Y, a sensu contrario, mientras más laicismo se respira, mejor van las cosas. A mayor religiosidad, peor sociedad, como se demuestra en el estudio de Gregory S. Paul, de 2005 publicado en el Journal of Religion and Society (EEUU). Con un impresionante muestreo realizado sobre 18 de las democracias más desarrolladas del mundo, y que relaciona la cantidad de población que confiesa ser religiosa -no sólo creyente, sino también practicante- con las tasas de homicidio, aborto y embarazo adolescente. Sobre una base de datos de nada menos que 800 millones de personas, el resultado es un verdadero escándalo para quienes siguen sosteniendo que la religión es fuente y garantía de moralidad. Y de donde se sigue que, contra lo que pueda parecer, los creyentes abortan más y que casi no hay ateos en las cárceles, de donde difícil será establecer su mayor inmoralidad. Así pues, no son precisamente los practicantes religiosos quienes no mienten ni roban, quienes son más solidarios y quienes aman a su prójimo como a sí mismos, y a los hechos me remito.

Quizá podemos preguntarnos, si no será más bien la irracionalidad antes que la «impiedad» la causa de lo que llamamos «actos inmorales», y, en mi modesta opinión, creo que podemos dar una respuesta afirmativa a esta cuestión y equiparar la irracionalidad con la religiosidad. Acaso porque una moralidad basada en seres imaginarios tenga un efecto apenas relativo en el mundo real, que es donde vivimos y para el cual construimos toda moral. Así, viene perfectamente a cuento el aforismo del Premio Nobel Steven Weinberg: «Con o sin religión siempre habrá buena gente haciendo cosas buenas y mala gente haciendo cosas malas. Pero para que la buena gente haga cosas malas hace falta la religión.»

Fernando G. Toledo y Fernando Cuartero.
Publicado en La Verdad.

Publicado en Razón Atea.

lunes, 12 de mayo de 2008

Educación, libertad y laicismo. Jorge Laborda.

Los encontronazos sucedidos los últimos meses entre la Iglesia y el Gobierno, que posiblemente van a prolongarse tras el anuncio de las intenciones de modificar la ley de libertad religiosa y convertir a España en un país más laico, me han hecho reflexionar. Tras meditarlo un tiempo, he decidido salir en defensa de la Iglesia y nada mejor para lograrlo que intentar explicar las razones de su comportamiento.

Como científico creo que la religión y su atractivo para los seres humanos puede ser explicada por la ciencia, y el comportamiento humano inducido por la religión, también. Es igualmente la convicción de muchos otros científicos, algunos de renombre, como el Dr. Richard Dawkins, autor de “El espejismo de dios”. En todo caso, le ruego que lea lo que sigue sin tomárselo personalmente, ni ofenderse.

Veamos, para encauzarnos por el buen camino hacia el entendimiento de lo que sucede entre Gobierno e Iglesia es necesario comprender que cualquier persona, creyente o no, pero especialmente si es creyente, educada en una sociedad marcada por la religión, ha tenido, o aún tiene, su mente racional secuestrada por la manipulación y el adoctrinamiento emocional que, con la mejor de las intenciones, la religión inflige. Este adoctrinamiento es efectuado normalmente en la infancia; en ese momento de la vida en que confiamos ciegamente en la veracidad de lo que los mayores nos dicen; en ese momento en el que carecemos de las herramientas intelectuales críticas para analizar la coherencia de lo que nos prometen.

¿Cómo puede saber que está usted adoctrinado, aunque no lo crea? Muy sencillo. ¿Siente usted malestar si pone en duda y pretende analizar de forma lógica las ideas y valores religiosos en los que cree? ¿Siente usted angustia existencial si teme que lo que cree pueda ser falso? ¿Cree usted que se convierte en peor persona si deja de creer en la religión en la que cree? Si es así se debe a la manipulación emocional a la que le han sometido, que le impide el análisis racional de las ideas religiosas inculcadas en su infancia. ¿Guía usted sus acciones en lugar de por un análisis razonado, por miedo a un castigo eterno, o motivado por un premio de amor y bondad de igual duración? Esto es signo serio de adoctrinamiento. El miedo que le han enseñado a usted a sentir desde su infancia es una herramienta de manipulación emocional particularmente poderosa. El miedo no le permite analizar si lo que cree tiene o no sentido, es coherente, lógico, y sobre todo, es creído en plena libertad. Jamás hay libertad si se siente miedo. En cuanto a la promesa de amor y bienestar eternos, están utilizando sus naturales deseos de felicidad y necesidad de afecto para manipularle. Sorprendentemente esto funciona una y otra vez con todos nosotros y en todas las religiones y confesiones.

Por esta razón me molesta considerablemente la idea de “libertad religiosa”, tal y como se manifiesta normalmente en este y otros países. No me malinterprete. Por supuesto que creo y defiendo el artículo 18 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, que establece: “Toda persona tiene derecho a la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión […]”. Evidentemente, pero siempre que las creencias sean fruto de una educación en el pensamiento crítico, fruto de una educación en la que no se utilicen las emociones primarias de los niños para adoctrinarlos. Siempre que esas creencias sean resultado de un análisis individual en la intimidad y la libertad de cada uno, y como resultado de la madurez personal. Sin embargo, la “libertad de religión” resulta ser la libertad para seguir adoctrinando las indefensas mentes de los niños. Este tipo de “libertad” constituye un ataque frontal a los derechos humanos. No debería enseñarse religión a los niños antes de que éstos alcanzasen una edad mental compatible con el espíritu crítico y el análisis lógico. Lo contrario es, precisamente, no respetar la libertad, y adoctrinar.

No manifiesto lo anterior como resultado de un odio irracional a la religión ni porque me haya convertido en instrumento del “mal”, lo que algunos pueden sugerir, o hasta creer seriamente. Lo manifiesto desde la experiencia personal de quien estuvo muy seriamente adoctrinado pero gracias a la ciencia, a la lógica y a la valentía personal, ha sabido escapar del adoctrinamiento y del síndrome de Estocolmo emocional al que nos someten los adoctrinadores, quienes a su vez son pobres víctimas del mismo adoctrinamiento que infligen a sus semejantes. Afortunadamente, cada vez son más quienes han sabido vencer el adoctrinamiento infligido en su infancia, y más los afortunados educados en una verdadera libertad religiosa sin adoctrinamiento, que han alcanzando sus propias conclusiones sobre el sentido de la vida y la muerte, sobre dios, o sobre el pecado.

En todo caso es el adoctrinamiento que también sufren los adoctrinadores lo que motiva muchas, sino todas, sus acciones, incluidas las manifestaciones contra quienes, como el PSOE y el Gobierno Socialista, defienden mejor o peor el progreso hacia el laicismo, el cual creo debe consistir principalmente en limitar o evitar el adoctrinamiento público en las escuelas del Estado. Como mal menor, que al menos el adoctrinamiento de los niños se limite a una actividad privada realizada en el seno de cada familia y de la que sean responsables los padres. No es que esté bien, pero habrá que aceptarlo ya que no es democrático prohibir la actividad o las creencias religiosas. Si la religión organizada ha de desaparecer en el futuro solo será posible mediante la educación en el pensamiento crítico, mediante la educación en la dignidad de la infancia y de los seres humanos, la educación en la libertad y en la integridad de la identidad intelectual de cada cual. Solo una persona educada en estos valores puede libremente decidir ser ateo. Mientras esto no sea posible, no respetaremos una verdadera educación en libertad. Y no hablamos ya de libertad religiosa sino de libertad y capacidad objetiva para creer o no.

En mi opinión, pues, la mayoría de los seguidores de una religión no son libres. Están adoctrinados y además sufren del síndrome de Estocolmo y aman a sus adoctrinadores. Si esto no justifica sus acciones contrarias a la libertad e integridad intelectual, al menos las explica. Viven esclavos de ideas imposibles que controlan sus mentes. Tengamos piedad de ellos, porque realmente la necesitan.

Deseo expresar mi agradecimiento al Dr. Alberto López Nájera por sus comentarios en la elaboración de este artículo.

Jorge Laborda Fernández - Quilo de Ciencia.